lunes, 9 de mayo de 2011

EL RELLENO DE LA GARCHA

En cuanto la vi supe que algo contenía. Toda esa forma no podía ser sólo un hueco, un relleno de nada, algo debía de contener.
Decidido la tomé entre mis manos y la acerqué a mi nariz. Pude percibir cierto olor a usado, pero no más que eso. Quizás también olía un poco a tela sucia, si, yo creo que sí.
La apretujé un poco entre el dedo pulgar y el índice y ella cedió a la presión, ugg, hubiera dicho si pudiera hablar, ugg, a la altura del estómago, más o menos por la mitad del cuerpo.
Al apretar la panzota el único ojo que le quedaba pareció hincharse, casi a punto de reventar. Los pelos eran un asco, por todos lados sin forma ni estética ni ambición.
Impaciente, irritado y sobre todo convencido, busqué un cuchillo, la tomé del cuello con una mano y con la otra hundí la hoja de metal más o menos a la altura del corazón.
La muñeca estaba rellena de trapos y eso termina con todo misticismo extraño, con toda adoración a lo desconocido, con toda intriga fruto de la ignorancia, con toda fábula milenaria.
Fin del cuento.

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